Cuando era chiquita y se me salía decir alguna grosería, mis papás me decían “Te voy a lavar la boca con jabón”. (¿A alguien por ahí le decían lo mismo?)

no decir groserías

Así crecí y me fui acostumbrando a no decir groserías, por lo menos enfrente de ellos. Después, por elección propia, opté por tratar de borrarlas de mi vocabulario. Reconocí que no se oían bien, aunque hay que aceptar que hay quien tiene mucha gracia para decirlas.

Finalmente, maduré y entendí que no se trata de que se oigan bien o no, creo es una cuestión que va más allá. En parte de mi crecimiento (espiritual y evolutivo) he entendido algo muy importante: Las palabras tienen poder. Empecé a leer de Metafísica desde muy chica, como a los 10 años, y ese es uno de los conceptos que más me ha marcado. “Tu palabra es tu varita mágica”, por ejemplo, es un hermoso libro muy práctico que puedo recomendar a cualquiera.

De la mano de Conny Méndez y de las enseñanzas de mi papá, que era un  ser muy sabio (y no lo digo porque era mi padre) aprendí sobre la importancia del tema. Las palabras y las oraciones, son decretos. Las palabras en realidad no describen lo que ves, sino lo que hay en tu interior.

No nos damos cuenta pero lo que estamos diciendo todo el día, es parte de lo que va construyendo nuestra vida. Decimos constantemente cosas como: ¡Me quiero morir! (cuando nos equivocamos en alguna tontería), me va a dar un infarto (refiriéndonos a algo que nos asusta), ¡Maldición!…; y en el caso específico de las groserías, ¿qué puede traer para nosotros el estar repitiendo la palabra “Me lleva la “%&$/&”? ¿Algo bueno? Si insultamos a alguien y le decimos que es un estúpido ¿En verdad esa persona es un estúpido o más bien es el eco de lo que hay en nuestro interior? Las palabras son (perdón que lo repita) un reflejo de lo que hay en nuestro interior.

“No es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que de ella sale, porque lo que de la boca sale, del corazón procede”, ese ha sido mi lema desde hace muchos años. Incluso hace tiempo les compartí un post titulado “Las groserías son de quien las hace” (por si lo quieren leer) u otro que se llama El que ofende se ofende a sí mismo (que también viene un poco al caso).

Pero regresando al tema, las groserías (e insultos) tienen un nivel vibratorio muy bajo, y encima de que ya nos estamos echando a nosotros mismos o alguien más una maldición, tan solo el decirlas -con su baja densidad- sólo atraen cosas de baja densidad para nosotros. Imáginense lo que puede atraer a nuestra vida el llegar a decir sobre alguien estando enojados: “¡Ojalá se muera!” (es muy fuerte).

Decir groserías habla también de nuestra forma de ser, es claro que una persona que dice groserías todo el tiempo tiende más a ser una persona violenta e iracunda que una que no los dice. Por lo general, quienes nos dicen groserías suelen ser personas más tranquilas y más amables.

A todos se nos puede salir alguna grosería de vez en cuando, no pasa nada, pero yo sí creo que el eliminar el famoso “francés” de nuestra vida -en lo mayor posible- nos puede traer mejorías inmediatas.

Besos.

 

5 Comments

  1. Hola Nuria, te leo desde hace mucho y quería decirte que me gustaría que supieras la cantidad de veces que le he enseñado a mis hijos los posts que haces sobre reflexiones, eres un gran ejemplo y tal vez deberias considerar platicas a jovencitos, creo podrias hacerles mucho bien. Muchos saludos.

  2. es la primera vez q veo este blog, andaba buscando algo en internet para leer por q no me gustan las malas palabras, mas si son niños las q las dicen y mas si son de los grandes de quien las aprenden y ojo algunas personas las enseñan a decirlas como si fueran el padre nuestro! tengo un hijito de 5 años al cual vivimos repitiendole q no hay q decir cosas feas y es tarea bastante dificil ya q en todos lados las dicen! y es mas te miran como bicho raro ya q no las dices me encanto el blog

  3. Hola Nuria. Leí tu entrada, muy interesante y refleja bastante lo que pienso también. Tomé tu enlace para mi blog, espero no te moleste. Un abrazo fraterno. (Te había escrito mucho más antes pero se borró mientras trataba de enlazar con mi cuenta de facebook)

  4. Nuria querida yo suelo decir muchas groserías y encuentro un alivio y una satisfacción después de emitirlas sobre todo en un partido de futbol, sin embargo me he cuestionado sobre la moralidad de hablar así y por eso di con esta tu página, gracias por tus reflexiones y comento lo siguiente: hay que distinguir entre decir palabras fuertes o groseras y maldecir que eso ya lo condena el mismo Jesús, en otra página se lee que te da una cierta fortaleza y confianza en uno mismo el insultar, al respecto te digo que por acá en mi pueblo -soy de México- los mayores recomiendan insultar a los malos espíritus para ahuyentarlos, alguna fuerza debe tener, por último al final mencionas sobre los iracundos y te concedo razón porque yo lo soy, sin embargo he hecho esta reflexión, si insulto a un árbitro que no marcó una falta evidente, al término del juego ya lo olvidé, pero si me lo guardo por falso pudor, capaz que lo veo y sí le pego, así que veo este acto como un desahogo hasta cierto punto “sano”, bueno comparto mi sentir y gracias por dar este espacio, bendiciones.

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